En el Barrio Berlín, de Pereira, se grabó la miniserie colombiana “Cartas de amor con buena letra”. Recordada en la memoria televisiva de la nación como cartas de amor. Era la historia del mecánico buenmozo y fafarachero que terminó enamorándose de cupido. Esta producción criolla dejó a su paso a más de un sonrojado en la ciudad. Pero hoy, las calles por las que se movió el elenco compuesto por Marcelo Cesán, Lucía Muñoz, Luis Fernando Hoyos, Dora Cadavid y Óscar Borda, entre otros, están derrumbadas. Quien en estos días por ahí camine, podría decir que hubo una guerra. Hay barricadas, muros caídos, escaparates y antesalas que parecen trincheras.
Sin embargo, antes de abordar la actual tragedia, recomiendo el texto del profesor y escritor Wilmar Ospina Mondragón en El Dario del Otún: “Berlín, el Barrio”, el que debe su nombre al alemán que construyó allí unas primeras casas al estilo Bávaro. E incluye las obras para la trilla de café de Luis Jaramillo Walker en torno a la Hacienda La Julia. Y la tradición gastronómica que explica la existencia actual de la apetecida zona de comidas ubicada entre el barrio y el parque la Rebeca.

El recorrido inició en la casa de la esquina en la que fue grabada la novela. En las calles, se repiten las pilas de escombros y las fachadas de casas apuntaladas por guaduas. Esos armazones improvisados indican que los interiores se cayeron o tienen averías. Los habitantes se ubican en las puertas o las aceras, como “esperando la próxima sacudida” pero sin soltar del todo lo único que les queda.
Doblando un par de cuadras a la izquierda, hacia la carrera 12, se llega al barrio de Corocito que una cuadra más abajo limita con la Avenida Circunvalar. Es que estos son barrios alargados, solo hay que ir de una calle a otra, como un salto de lazo al que aún juegan algunos niños por aquí, para estar en el siguiente barrio. En el parque de Corocito, hay decenas de carpas y cientos de familias asentadas. Es uno de los puntos más álgidos de concentración. Llegan vehículos particulares y de organizaciones con ayudas. Madres con niños en los brazos se atiborran para recibirlas. Salvo la defensa civil y grupos de estudiantes universitarios en formación que, organizados prestan servicios médicos auxiliares, no hay ninguna autoridad administrativa que regule y ordenen los apoyos para garantizar la equidad.

En la esquina de abajo, en dirección al centro de la ciudad, está la reconocida heladería Bananas, una señal de “peligro” marcada en las paredes indica el nivel de daños. Giramos de nuevo hacia la carrera 11. En la esquina un grupo de jóvenes ríen y conversan mientras otros llegan con insumos. Hay gente en las calles. Carpas instaladas. No se puede evitar una esquiva mirada al interior de las casas en las que los colchones lucen tirados sobre el piso.
Casi todas las cuadras están bloqueadas para evitar que el movimiento de los vehículos pueda empujar al suelo lo que queda. Cada versión de los habitantes conduce al mismo punto, lo que llega, que en conjunto suena a mucho pero distribuido es ínfimo, en la mayoría proveniente de la solidaridad de la ciudadanía, del sector privado o entidades como la Cruz Roja, es mínimo ante el tamaño de la catástrofe. Y en algunos casos queda a merced de quienes más arrestos tengan para recibirlo. Entre Corocito y Berlín suman más de seis mil habitantes y la casi totalidad de viviendas sufrieron daños.

Seguimos hasta llegar a la carrera diez por la que sube el tráfico desde el centro de la ciudad hacia la parte nororiental. Por su importancia para la movilidad, está habilitado el tránsito vehicular. Aunque también priman los soportes de guadua en las fachadas. En la diez con sexta, está la iglesia la Trinidad en la que se repite la marca de “peligro”.
Desde ahí se desciende a la carrera novena del barrio Villavicencio, que guarda una particularidad, muchos de los antiguos obreros de Bavaria, fueron los que construyeron en estos terrenos. Recuerdo que mi abuelo adoptivo construyó en la ‘ocho con ocho’ una casa larga en la que llegó a tener desde cocheras hasta un galpón. Después vino toda la parvada de críos con los que corrimos por esas calles. A la inversa de la diez, por la novena baja el tráfico hacia el centro y el viaducto.
Tras el sismo, las escenas sobre la vía son similares. Era una cuadra de pequeño comercio; metalmecánica, restaurantes, farmacias, tiendas, etc. Según cálculos preliminares en campo, para esta sola ruta, las pérdidas son de miles de millones de pesos, lo que indica que en conjunto el golpe económico para los hogares y el comercio de la conurbación Pereira-Dosquebradas será de billones de pesos. A propósito, además de las unidades habitacionales, este terremoto impactó con particular fiereza todo el circuito comercial de las dos poblaciones.

Hasta ahora más de 15 mil habitantes de Berlín y los barrios vecinos de Corocito y Villavicencio —en su mayoría trabajadores del sector formal e informal de la ciudad— continúan dependiendo de las redes familiares y comunitarias, a la espera de apoyo institucional real. Los únicos que han venido son funcionarios que ellos identifican como del sistema de transporte Megabús, realizan alguna especie de cuestionario sobre las afectaciones.
Lo peor, las medidas de toque de queda dificultan más los esfuerzos de la gente por tratar de sobrevivir. Entrevén, como dice una de las canciones de la banda sonora de Cartas de amor, “El día de mi suerte”, de Willie Colón: “Esperando mi suerte, quedé yo. Pero mi vida otro rumbo cogió. Sobreviviendo en una realidad, de la cual yo no podía ni escapar”.













