Editorial

El reformismo del “cambio”; causas y consecuencias
Periódico Soberanía

Editorial | El reformismo del “cambio”; causas y consecuencias

El ascenso de Gustavo Petro era una salida deliberada para calmar las aguas del inconformismo, desmovilizar la airada protesta del país y sus gentes, y salvaguardar la “institucionalidad”. Subió con la anuencia de Washington y los conglomerados económicos, de la mayoría de los partidos políticos en “acuerdo nacional” y de varios expresidentes. Una engañifa que da pie a la vacilante “independencia”, que descree del carácter pro-gringo y antinacional del ex M-19, y a una chirriante “oposición” que reclama más eficacia para administrar el recetario neocolonial. Las reformas, a cuyo análisis minucioso se dedica esta tercera edición del periódico Soberanía, se ciñen a los lineamientos del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y demás instituciones guardianas de las políticas generales y las relaciones internacionales, a la medida de Estados Unidos. Hace 18 meses, la opinión ve los malabares populacheros y las piruetas lingüísticas de quien pretende pasar por adalid del “progresismo”. Quienes conformamos Colombia Soberana hemos alertado sobre el “gatopardismo” del gobierno de Petro, no solo para que todo siga igual sino para aumentar los daños contra la producción y el trabajo nacionales, y la humillante dependencia. El declive de Estados Unidos lo impele a recurrir a todos los medios para mantener su hegemonía Pese a las innegables y enormes dificultades que enfrenta la superpotencia, los servicios de Petro encajan en la estrategia norteamericana para reforzar el poderío hemisférico, contrario a las corrientes que hablan ―más con deseos que con razones― de un planeta “multipolar”, tesis que sirve para bajar la guardia de las naciones débiles y de los pueblos subyugados frente a su enemigo principal. No se puede minimizar el descomunal poderío militar estadounidense, el rol determinante en las guerras ―como sucede en Ucrania y Palestina―, su dominio sobre las finanzas, el control político sobre decenas de neocolonias y su alianza con Japón y la Unión Europea, concretada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Quienes destacan a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) como contrafuerte del Tío Sam, son refutados por sus propios portavoces: “no se creó como competencia al G7 o al Norte Global”, dice Anil Sooklal[1], embajador sudafricano ante ese bloque; Lula Da Silva afirmó que “no queremos ser contrapunto al G7, G20 o Estados Unidos”[2], y Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, señaló que no los ve como rivales. No obstante, el declive de Estados Unidos se refleja en que el 65 % de su población vive al día; al menos 29 millones, que llaman “working poor” (“trabajadores pobres”), tienen dos o más trabajos[3]; el déficit comercial, como porcentaje del PIB, pasó del 5.4 % del PIB en 2022 al 6.3 % en 2023 y, como vaticina el portal económico Bloomberg[4] vive bajo amenaza de una recesión. Hay 34 millones de estadounidenses con insuficiencia alimentaria, 40 millones son pobres y el 1 % superrico tiene ingreso igual a 26.3 veces que el del 99 % restante[5]. El

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Editorial | Estados Unidos domina el mundo y Petro está a su servicio 

Estados Unidos, neocolonialismo y reformismo al servicio de su hegemonía. Colombia con Petro, punta de lanza regional  En cada periodo de la historia de la sociedad humana, en el transcurso de los diferentes modos de producción, la civilización ha visto cómo pueblos o naciones imponen su fuerza e intereses sobre otros. Con la excepción de algunas etapas, esos imperios o reinos poderosos, han sometido y determinado la vida y el porvenir de los más débiles.  A finales del siglo XIX y en los albores del siglo XX, el capitalismo inicial de libre competencia, fruto de las crisis que le son propias por la competencia y la superproducción, condujo a la concentración paulatina de los mercados hasta la fusión de los capitales industriales y bancarios, configurando el monopolio financiero en una fase superior.   En ese “paso del capitalismo a la fase de capitalismo monopolista, al capital financiero”, la enorme producción de mercancías que “sigue reinando como antes y siendo considerada como la base de toda economía, en realidad se halla ya quebrantada y las ganancias principales van a parar a los ‘genios’ de las maquinaciones financieras”, también se desata “el ‘auge’ de las conquistas coloniales”, y recrudece la rapiña por las más importantes fuentes de materias primas y de energía, conducente a “la exacerbación de la lucha por el reparto del mundo”. Con ese fin, el capital financiero -en continuo crecimiento- no encuentra inconveniente en pasar a una posesión más ‘pacífica’ de colonias, pero, si las circunstancias lo impelen, tampoco titubea en recurrir a guerras e invasiones. Tras las dos grandes guerras mundiales del siglo pasado, Estados Unidos cimentó su hegemonismo mundial con un enorme aparato militar; amarró la economía, las finanzas y la producción, con el dólar americano como patrón moneda; implantó una cultura servil y se aseguró la dominación política en decenas de países, mediante administraciones títeres, promovidas y en algunos casos impuestas desde la Oficina Oval en la Casa Blanca. Desde su fundación, según el Servicio de Investigación del Congreso, EEUU ha sido responsable de 469 intervenciones militares en el extranjero, incluyendo 251 a partir de 1991, al finalizar la Guerra Fría hasta 2022. Cuando comenzó “la hegemonía unipolar de Estados Unidos, el número de intervenciones militares de Washington en el extranjero aumentó sustancialmente” y luego “del 11 de septiembre de 2001 es responsable de 4.5 millones de muertes”. Tras un largo historial de intervenciones militares, Estados Unidos tiene en más de 80 países “750 bases militares en el extranjero y continúa construyendo otras para rodear a China”. En América Latina, con la política del “gran garrote” de Theodore Roosevelt a inicios del siglo XX, convirtió a las naciones al sur del Río Grande en su “patio trasero”; a sus gobiernos, en obsecuentes vasallos de los intereses imperialistas y en la actualidad, despliega por lo menos 200 mil efectivos.  Con la disolución de la Unión Soviética, la principal contradicción mundial es la que enfrenta a Estados Unidos, como única superpotencia, con el resto del mundo. Dicho país

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