A continuación, presento una reflexión sobre la política económica colombiana, basada en los acontecimientos de presión de cambio de condiciones a nivel global, en el comportamiento de Estados Unidos respecto de los distintos tratados comerciales, que urge hacer un ejercicio oportuno para reubicar los lineamientos de nuestra política económica y también del comercio internacional dentro de la geopolítica contemporánea.
Un estudio de caso es el de un socio y aliado natural de Estados Unidos, Canadá, para denotar los cambios, consecuencias y respuestas de un gran otrora aliado, y hoy sometido, que invoca una dosis estoica de defensa de su soberanía. Plantea un camino para modificar su política económica, para la defensa de sus trabajadores y para la incursión libre y decidida en mercados más estables. Es una lección sobre el redireccionamiento de la economía, la salvaguardia de la soberanía, y de la autodeterminación, al evaluar qué pasa, quién se beneficia, y quién paga el precio de los cambios unilaterales de la política comercial hechos “al acomodo” como son el incremento de los aranceles hasta el 50% al acero canadiense o, peor, anunciar su anexión como el estado 51 de la unión para presionar el seguimiento a la voluntad de Estados Unidos.
El propósito de debilitar la industria del acero, al subir los precios de venta en el USA, rebajaría la demanda interna, perjudicaría la industria de varias fábricas, produciría despidos masivos de trabajadores y dispondría a Canadá a aceptar más arbitrariedades comerciales que convertirían el empleo y el bienestar en una moneda de cambio.
El gobierno canadiense, que había tomado medidas contra las importaciones chinas con dumping y exporta el 90 por ciento de su producción bruta a Estados Unidos, reaccionó estratégicamente, no se apresuró, pero decidió cambiar el modelo de negocio, haciendo un plan de transición, para evitar que los despidos, que dependían de los fabricantes de automotores de USA, no se dieran y dirigió una transformación industrial del acero hacia el mercado interno de la industria naval y de la construcción. Esa conversión supuso elaborar bienes diferentes, capacitación, financiación interna y apertura hacia otros países compradores, bajo la premisa de una industria de bienes terminados con autosuficiencia canadiense.
No quería Canadá que se repitiera la historia de lo sucedido con la madera y el aluminio en el pasado por la subordinación a un sólo mercado de exportación, pero en este renglón con proporciones mayores con 23.000 trabajadores en riesgo.
“El acero es esencial para toda la infraestructura y, en última instancia, para la seguridad nacional. Canadá no puede garantizar su fortaleza y supervivencia a largo plazo si depende de países extranjeros para algo tan esencial. China y otros países subvencionan el acero, mientras que Canadá lo penaliza. Si no se toman medidas serias, esto asegurará la pérdida de toda una industria. Al igualar los aranceles estadounidenses y eliminar el precio del carbono del acero, Canadá puede recuperar su mercado interno y posicionarse como un socio confiable en América del Norte”, dice Barry Zekelman.
(https://www.buildcanada.com/memos/rebuild-canadian-steel ).
La sostenibilidad del sector hizo indispensable “mirar hacia adentro”, pensar en el rediseño estructural, y en la búsqueda de oportunidades en otros mercados de Europa y Asia, crear fondos-puente para la reconversión y terminar con la exportación de acero en “bruto”. En gran porcentaje se atiende un mercado de precio y plazo “interno”, donde la operación se hace más eficiente.
Del mismo modo, muchos países enfrentan los cambios unilaterales de las condiciones de la política comercial exterior norteamericana, además de las medidas de fuerza recientes y las amenazas que el Gobierno Trump esparce por todo el orbe para sostener la hegemonía en riesgo.
El desarrollo del mercado interno, y la conversión libra a las economías del modelo de comprador único, solidifica mercados no vulnerables y la asimetría cambia. No importa qué pasa con los aranceles, pues el poder de negociación se cambia también. Los países que han logrado su independencia de los compradores únicos, se hicieron más fuertes, pagaron un precio durante la transición y la reconversión necesaria para desarrollar nuevos productos, pero han salido más fortalecidos, dejaron de vender sus materias primas en bruto y salieron con más control sobre su destino económico, generaron independencia y obtuvieron soberanía…
Propician un cambio en la ecuación la interrelación de los valores y principios que generan bienestar, de empleo estable, salarios predecibles, la economía basada en la demanda interna- hasta donde sea posible- sin aislarse ni renunciar a los mercados externos, que han de buscarse con la garantía de un mínimo de autonomía y un sistema económico menos sujeto a sobresaltos, más estable, en procura de una estructura económica virtuosa.
Un sistema económico no debe construirse sobre tratados inestables y desequilibrados en lo que la posición dominante tome ventajas sobre la débil y con centro en los trabajadores, sus familias y comunidades, que deben ser reentrenados, atendidos en salud durante ese período, para quienes también fluyan los beneficios, que no solo se dirijan a accionistas, ejecutivos y a sociedades externas socias para construir un sistema económico mejor que el actual, que ahora concentra de modo exagerado el bien del capital. Hay que velar porque la inversión pública, que implica el nuevo modelo, se irrigue en toda la sociedad.
Soberanía, independencia estratégica de la economía.
Los países que antes dependían de los mercados globales para conseguir “eficiencia”, descubrieron que la misma conlleva a una gran vulnerabilidad pues supone una dependencia peligrosa, cuando cambian las reglas.! Sucede cuando las cadenas de suministros se extienden a través de continentes y están sujetas a las relaciones políticas de cada región, que con frecuencia se vuelven complejas y cambiantes y, por tanto, pierden sentido y valor.
Muchas circunstancias hacen que los bienes críticos se vuelvan escasos, un cambio político abrupto como el MAGA de Trump, una disputa o conflicto bélico, una pandemia, o una competencia entre hegemonías, los vuelve costosos. Se torna imposible subcontratarlo todo con suministros cambiantes y mantener la soberanía económica.
Los países están llamados ahora, como nunca antes, a tener una base mínima de autonomía que NO se socave por factores externos. Conseguir soberanía básica, con un mínimo de bienestar, no es fruto de la globalización ni de políticas monetarias neoliberales, ni del del “banquero global “, que da acceso a los servicios a quien prefiere, bien vía Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional o de cualquiera de las instituciones internacionales financieras, las IFI.
No se trata de autarquía ni aislamiento económico sino de no depender, para subsistir, de las decisiones de otros gobiernos o de los choques externos, es la preservación de las industrias básicas esenciales y sus sectores para garantizar estratégicamente independencia y soberanía.
Colombia debería reorganizar, con esta nueva visión, los sectores de la producción agrícola, agroindustrial, industrial y de servicios, que proporcionen buenos empleos y fortalezcan la seguridad económica de los ciudadanos. Debe haber una gobernanza, en la que no tengan cabida las equivocaciones que causen subsidios corporativos por cabildeos, con rendición de cuentas, con transparencia, en calificación por méritos y ejecutorias ciertas en los programas, guiada por el interés colectivo, que haya voz de los sindicatos y los trabajadores en estas transacciones, también de opiniones independientes sobre los compromisos, las asignaciones prioritarias y la medición del éxito de dicha transformación.
La transformación económica requerida – y aquí esbozada en pocas líneas- que involucra riesgo público + beneficio privado, no puede repetir la historia neoliberal de privatización de ganancias y la socialización de pérdidas. Que las dificultades de la hora sean motivo de una nueva era, la que ningún Gobierno ha emprendido, ni siquiera el del pregonado “cambio” de Gustavo Petro.





